Al cerrar el libro, la sensación es doble: por un lado, la melancolía de lo perdido —ciertas formas de vida, lenguas, rituales—; por otro, el reconocimiento de un legado que aún late en la memoria de las comunidades andinas. Rostworowski nos obliga a mirar el Tahuantinsuyo no como un pasado implícito, sino como un presente continuado: en nombres de padres, en trazos de caminos, en costumbres que aún sostienen la vida de pueblos enteros.