Clara trabajaba a tiempo parcial en una cafetería y estudiaba por las noches. Sus sueños más grandes cabían en cuadernos ajados y en listas tachadas con nombres de tareas. La placa del barista le decía que hiciera las cosas rápido; el libro le decía que pudiera. Entre las dos voces se formó una disciplina que no conocía antes: no solo trabajar, sino trabajar con propósito.