Mientras se vestía, Sofía se dio cuenta de que estaba cruzando los brazos y las piernas de manera defensiva. Su postura era rígida y su mirada parecía desafiante. De repente, recordó una anécdota que le había contado su abuela: "La primera impresión es como un libro abierto; si la primera página no es atractiva, es posible que nadie quiera seguir leyendo".
