Esa noche, en la mesa de la cocina, encendió el viejo portátil donde aún dormía una copia de sus proyectos. Miró los planos de la última plaza que diseñó: líneas imperfectas llenas de anotaciones a mano, nombres de árboles que ahora quizás ya no existían. Descargó el anuncio y, en lugar de ejecutar el archivo, abrió un foro de usuarios legítimos. Leyó sobre riesgos: malware que infectaba máquinas, archivos comprometidos que alteraban planos, y problemas éticos que iban más allá de la ley. Vio testimonios de ingenieros que perdieron clientes porque sus dibujos habían quedado corruptos tras instalar un crack, y de otros que, tras pagar licencias y colaborar, habían conseguido soporte y actualizaciones reales.